Hoy como siempre salí tarde del trabajo, el viento gélido de la madrugada invernal me acompa~'o a mi coche.  Una vez en el decidí es cuchar a Serrat para que su voz me calmara después de una pesada noche de luchar con las tareas de manejar la producción de proteínas para alimento 9si, así he decidido llamar al pollo).  Cuando de repente escucho a Serrat cantar "La niñez" en medio de un oscuro bosque norteamericano y comienzo a llorar.  No una o dos lágrimas escondidas si no un berrinche con sollozos.  Se agolpaban en mi mente recuerdos de mi niñez y a la vez el gran vacío que siento al estar lejos de mis hijos, especialmente de mi pequeño Gabriel quien cumple 12 años la próxima semana y a quien seguramente no podré ver hasta al menos el proóximo verano.

El solo escribir su nombre me vuelve a arrancar las lágrimas, pero debo pensar que solo por esta maldita distancia puedo proveerle su sustento.